En un planeta cuya actividad económica está signada por el libre comercio, el encadenamiento de actividades productivas y la globalización ; luce, en teoría, improbable que aparezca una guerra comercial que tenga alcance mundial. Esto solo puede ocurrir si la nación que inicia hostilidades posee un poder de compra de bienes importados de magnitud colosal cuyo origen no provenga de la actividad comercial internacional sino de la actividad financiera mundial, pero, no solo esto basta, también se requeriría que esta nación no posea un elevado grado de integración con las cadenas globales de valor.
La guerra comercial actual, además, es ineficaz debido a que esta no logrará que la nación que inicie hostilidades alcance los objetivos trazados por la estrategia comercial proteccionista adoptada para estos fines. Sencillamente, la reducción del déficit comercial no genera crecimiento económico y, por tanto, no permite mejorar las condiciones laborales ni elevar los salarios.
Sin duda, un déficit comercial elevado causa preocupación en los agentes económicos, pero, no es un fenómeno que requiera atención inmediata debido a que el comportamiento de la balanza comercial depende de la estructura económica de la nación en cuestión, la cual, a su vez, está determinada por las ventajas competitivas que ella posee. Evidentemente, se trata de una circunstancia que es imposible de alterar en el corto plazo.
No existe evidencia que certifique que la aplicación masiva de aranceles reduzca el déficit comercial; solo se ha logrado corroborar que la elevación de aranceles crea mercados cautivos que son explotados por los productores nacionales para incrementar desmesuradamente su tasa de ganancias.
Sin embargo, aún así, cabe esperar que la aplicación, en USA, de sucesivas baterías de incrementos arancelarios termine por provocar, en el largo plazo, la contracción de las importaciones llevadas a cabo por dicha nación. Esta reducción sería el resultado de la desaparición del mercado norteamericano de aquellos productos extranjeros que sean poco competitivos o posean un bajo nivel de valor agregado. De la misma manera, la proliferación de expectativas e incertidumbres dentro del funcionamiento de los canales de comercialización norteamericanos también expulsará productos extranjeros de las vitrinas yanquis debido a que las empresas extranjeras que intervienen en las cadenas de suministro y producción no podrán realizar una adecuada planificación de la producción.
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De tal manera que, en el largo plazo, a pesar de la reducción en las importaciones, no cabe esperar que mejore el déficit comercial de USA ya que la crisis económica mundial causada por el nuevo acoplamiento de las cadenas de valor globales, provocará la contracción de las exportaciones norteamericanas.
Es así como, en el corto plazo, el volumen de las importaciones norteamericanas deberá mostrar una gran rigidez y no debería reaccionar a las primeras olas de incrementos arancelarios. Esta rigidez descansa sobre el inmenso poder de compra que poseen los norteamericanos a los efectos de adquirir bienes de origen extranjero. Este poder de compra es creado por las diferencias salariales y las diferencias en la tasa de productividad que existen entre la economía de USA y el resto del mundo. Aunado a ello, la sobre-valoración del dólar permite que el consumidor norteamericano pueda adquirir mayor cantidad de productos extranjeros.





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